jueves, 31 de enero de 2019

El romper de las olas


Recuerdo el primer verano que pasamos en la playa. Acababa de cumplir 12 años y aún no conocía el mar, así que aquellas vacaciones me causaron una gran excitación. Alquilamos un apartamento en un pequeño pueblo de la costa andaluza por el que papá no dejaba de recordar que había conseguido un muy buen precio. Mamá no tenía tan claro que fuera una ganga, pues tanto su tamaño como sus instalaciones dejaban mucho que desear. Además, ni siquiera tenía vistas al mar. Pero lo cierto es que a mí me interesaba muy poco su discusión ya que en lo único que podía pensar era en bajar a bañarme.

Mi primera toma de contacto con el agua fue prudente. Las piedras en la orilla me hacían daño en la planta de los pies y el romper de las olas me provocaba cierta inquietud. Además, mamá no dejaba de decir que el mar podía ser muy peligroso por las corrientes, las mareas o cualquier otra cosa que se le ocurriera y cuya validez yo desconociera. Así que me tomé el proceso con cierta calma. Los primeros días fueron tranquilos y familiares. Papá y mamá ya no discutían y yo empezaba a llevarme mejor con el agua salada porque cada vez la tragaba en menor cantidad. Mis pies empezaban a acostumbrarse a las piedras de la orilla y caminaba sobre ellas con cierto orgullo que no ocultaba. Las olas aún me causaban cierto respeto, pero ya me atrevía a internarme cuando el mar estaba más calmado y nadar sin alejarme mucho, no por miedo, sino por la vergüenza que me causaba mamá cuando gritaba cada vez que me acercaba más a la boya que, según decían, marcaba el punto límite hasta el que podía uno llegar nadando. Los niños que jugaban en la playa se burlaban de mí continuamente por culpa de la forma de actuar de mamá, así que no había hecho ningún amigo. Hasta que apareció Samba.

Tal vez fue el hecho de que ambas compartíamos las mofas del resto de niños, o quizás simplemente no le importaba en absoluto que mamá gritara o que yo pareciera fuera de lugar allí. En cualquier caso, ella fue la única que se acercó a mí con su amplia sonrisa y me tendió una mano que apreté tan fuerte que estoy segura de que hasta le hice daño. Desde fuera, Samba y yo éramos tan distintas como el día y la noche. Mi piel clara, la suya oscura; mi pelo liso, el suyo rizado; mis manos gruesas, las suyas delgadas; mis ojos grises, los suyos negros. Pero a nosotras nos importaba bien poco. En pocos días nos volvimos inseparables. A papá no le gustaba demasiado que pasara tiempo con ella, pero mamá estaba muy contenta de que hubiera encontrado una compañera de juegos y siempre la defendía alegando que era una niña normal y corriente, como yo. Pasamos tardes enteras  recogiendo conchas en la orilla, construyendo castillos en los que imaginábamos nuestras vidas futuras y, cuando mamá no miraba, dejándonos llevar por la fuerza de las olas al romper. A mí al principio me daba miedo, pero Samba me tomaba de la mano y me daba el valor necesario. Era alta y fuerte, al contrario que yo, por lo que solo podían derribarla las olas más altas, a no ser que se dejase vencer a propósito. Con ella me sentía segura y tengo que reconocer que, pese a tragar agua, lo más divertido era cuando la corriente nos arrastraba y nuestros cuerpos chocaban hasta acabar en la orilla cubiertos de arena y barro. Cuando nos cansábamos, nos quedábamos tumbadas a escasos centímetros del agua y a veces Samba recostaba su cabeza sobre mi pecho provocando en mi interior una agradable sensación de calidez. Las vacaciones se fueron tan rápido que casi no fui consciente. No quería marcharme, pero sabía que no podía hacer nada al respecto. Samba y yo nos despedimos entre lágrimas y risas deseando volver a vernos el año próximo.

La vuelta a casa fue dura y durante los  primeros días aún oía como papá y mamá seguían discutiendo por el tema de Samba. Pero, con el inicio de la rutina de cada uno, el tema se fue enfriando hasta finalmente apagarse. Por supuesto yo no me había olvidado de ella, era mi tema de conversación favorito cuando contaba a mis compañeras las anécdotas de mis vacaciones. Pero no les gustaban demasiado mis historias, así que dejé de contarlas. El instituto dejó de interesarme y comencé a contar los días que quedaban hasta la llegada del nuevo verano. Era un ejercicio tedioso tanto para mí como para papá y mamá. Les preguntaba constantemente si volveríamos al mismo lugar y ellos siempre me respondían con un seco “ya veremos”. Justo antes de que comenzara el verano caí enferma. Tos, nauseas, fiebre, cansancio y dificultad para respirar. El médico escribió en mi informe una palabra que yo desconocía hasta ese momento, neumonía, y sentí peligrar mis vacaciones. Seguí todas las indicaciones al pie de la letra, pues pensaba que si lo hacía me recuperaría a tiempo, pero me equivocaba. Estaba teniendo muchos problemas para respirar así que me ingresaron en el hospital durante algo más de un mes. Papá y mamá estaban muy preocupados así que cancelaron las vacaciones. Lo más cercano al mar que estuve ese verano fue un pequeño pez de colores que me habían regalado las compañeras del instituto durante mi ingreso en el hospital.

Los dos últimos años han pasado de forma muy rápida, tanto que apenas me he dado cuenta de que el pez de colores se ha hecho demasiado grande para su pecera actual. Quizá debería buscar una nueva. La vuelta al instituto tras la hospitalización y los aburridos días en casa fue un alivio. He hecho amigas nuevas, compañeras que me han permitido centrarme más en los estudios, pero también pasar muchos buenos momentos fuera de clase. El verano anterior tampoco fuimos a la playa porque papá había sido despedido. Por suerte ha podido encontrar otro trabajo y por fin este año podemos regresar. Mientras vamos en el coche en dirección a la costa me llegan algunos recuerdos de las semanas que pasamos allí. Veo la arena, las piedras, el agua, las olas y también a Samba, pero todo está borroso y confuso. Me siento un poco mal por ello, pero pienso que en cuanto llegue al lugar todas las imágenes se volverán de nuevo nítidas en mi cabeza. No he tardado en bajar a la playa y no parece que haya cambiado nada en tres años. Me pregunto si sería capaz de reconocer a Samba si la viera. Un grupo de niños, que podrían ser los que solían mofarse de nosotras, se acercan a mí mientras se empujan entre ellos. Me preguntan quién soy. Es evidente que no me recuerdan, o quizá simplemente no son los mismos. Les digo mi nombre, les cuento que estaré unas semanas y aprovecho para preguntarles si viven allí. Me responden que sí, así que deduzco que deben ser ellos. Les pregunto por Samba pero no tienen ni idea de lo que les digo. Es lógico, han pasado tres años, aunque estoy segura de que Samba no es alguien que pasaría desapercibida. En este tiempo debe haberse vuelto incluso más fascinante. Intento describirla y el comentario que recibo me descoloca: “La habrán devuelto a su país, que es donde debe estar”. Se ríen mientras se marchan y yo, invadida por una mezcla de rabia y tristeza, me marcho corriendo a casa.

Cuando mamá y papá han vuelto para comer me han encontrado llorando. Les he contado lo que ha pasado y ha sido aún peor. Papá ha dicho que los niños tienen razón, mamá se ha enfadado mucho con él por ese comentario y ambos se han puesto a discutir de forma acalorada. Yo sólo buscaba un abrazo y un poco de comprensión, pero viendo el panorama me he marchado y me he encerrado en mi habitación. No he abierto la puerta a ninguno de los dos en todo el día. Ya es de noche. No tengo hambre a pesar de que no he comido nada desde el desayuno. Salgo de casa sin hacer ruido y bajo a la playa. Busco las primeras sensaciones que descubrí hace ya dos años. Las piedras me hacen daño en la planta de los pies y el agua está muy fría. Escucho el romper de las olas y por fin soy capaz de recordar cada detalle de Samba. Algo me toca y pienso en nuestros cuerpos chocando al ser arrastrados por la corriente. Al fondo,  una luz intensa, probablemente de un barco, apunta justo en mi dirección e interrumpe mis pensamientos. Uso mi mano como visera y al mirar hacia abajo creo ver una forma junto a mí. Sea lo que sea, no se mueve y no hay sólo una. Cuando el barco se acerca la luz ya es suficiente como para distinguir perfectamente los cuerpos sin vida. Aguanto las ganas de vomitar y de repente siento tanto frío que creo que me voy a congelar. Algunos están en tierra, otros siguen llegando arrastrados por las olas. Me gustaría salir corriendo de allí pero estoy paralizada. Estoy completamente rodeada de cuerpos inertes y mire a donde mire solo veo a Samba. Todos son Samba. Desde la calle llegan algunos coches. Por las luces debe ser la policía. Uno de los agentes me dice que me vaya a casa, pero sigo sin poder  moverme. Insiste, aunque no por mucho tiempo. Siento que alguien me toca el brazo y creo que podría romperme en pedazos. Pero es  mamá, así que me tranquilizo y me dejo llevar. Ha debido bajar alertada por todo el jaleo. La escena es grotesca,  trasladan los cadáveres en bolsas de plástico hasta una enorme furgoneta, incluso pescan algunos de ellos que aún siguen a la deriva y, pese a todo, no puedo dejar de mirar. Mamá me ha traído una sudadera, tira de mí hasta sacarme del agua por completo y me ayuda a ponérmela. Me da el abrazo que tanto había necesitado aquella mañana y me dice al oído que todo va a ir bien, pero no la creo. El romper de las olas no cesa y, mientras siga, el cuerpo inerte de Samba seguirá llegando a la orilla una y otra vez.

—FIN—

 
Este es el relato correspondiente a enero y se engloba en el #OrigiReto2019 creado por StibyKatty (en ambos links a los blogs de cada una se pueden consultar las bases). Este texto cumple con lo siguiente:

Palabras: 1731
Objetivo #19: Basate en una noticia o hecho real para escribir un relato. Puedes añadir artículos o datos de informativos, pero no contarán como parte del texto. Link de la noticia
Objeto #6: Informe médico
Objeto #24: Un pez de colores
Verborrea interminable: 6 de tus escritos deben estar escritos en primera persona y al menos 2 de ellos en presente.
Feminista: Una mujer debe ser la protagonista en 6 de los relatos y al menos 2 deben cumplir el test de bechdel.
Interesante: Al menos 3 relatos deben estar protagonizados por personas no normativas.


Ha sido un relato difícil de escribir y de leer. Aún así, espero que os guste. Se agradecen muy mucho los comentarios. Gracias.

miércoles, 30 de enero de 2019

Deception Park

Siempre había soñado con ir a la Antártida, pero no es un viaje al alcance de cualquiera. No daba el perfil para el ejército ni tampoco tenía dinero para visitarla como turista, así que me agarré a la única opción posible para alguien como yo. El sueldo es malo, el disfraz de jirafa es un poco ridículo y además, no pega nada con el ambiente polar. Pero, ¿a quién le importa?

Hoy comienzo a trabajar en el parque de atracciones más exclusivo del mundo, aquí, en Isla Decepción. Hace años hubiera sido imposible, pues los científicos restringían el acceso por riesgo de erupción. Afortunadamente, sus teorías alarmistas fueron desmontadas y ya nadie cree en ellas.

Paseo por el parque con una amplia sonrisa bajo el disfraz. Me tiemblan tanto las piernas que estoy a punto de caerme. Debe ser por la excitación, aunque tengo la sensación de que en realidad es la isla lo que se mueve. El temblor se intensifica y acabo perdiendo el equilibrio, pero no la sonrisa. Nada podría estropear este día.

—FIN—

  
Este es el microrrelato correspondiente a enero y se engloba en el #OrigiReto2019 creado por StibyKatty (en ambos links a los blogs de cada una se pueden consultar las bases). Este texto cumple con lo siguiente:

Caracteres:  997
Objetivo #21: Cuenta una historia que suceda en un parque de atracciones.
Objeto #2: Disfraz de jirafa
Verborrea interminable: 6 de tus escritos deben estar escritos en primera persona y al menos 2 de ellos en presente.

Este microrrelato, además, se enlaza con el relato del mes de Enero de Stiby.
 

martes, 15 de enero de 2019

Nos han quitado hasta el sueño

Odio la Navidad. Ya sé que hoy es Nochebuena pero, por mucho que lo piense, no se me ocurre ningún motivo para estar contento. No siempre ha sido así, claro, y no me refiero a mi idealizada infancia en el seno de una familia feliz ni a las grandes fiestas de una adolescencia de las que solo conservo mi afición al licor. Tampoco a las primeras cenas con mi ex-mujer en las que, a falta de comida, llenábamos nuestros platos con ilusionantes sueños de futuro. No, lo que quiero decir es que incluso tras el divorcio, el desahucio y mi posterior alistamiento en el cuerpo de indigentes de la ciudad, las primeras Navidades que viví en la calle siguieron siendo felices.

Yo no era como otros tantos que habían nacido ya condenados, pues había podido disfrutar de una vida acomodada antes de perderlo todo. Aún así, no lo llevaba tan mal. Quizás mi situación era algo dramática, pero al menos la vida en la calle me permitía conservar cierta dignidad y, siendo justo, nunca antes me había sentido tan libre. Mi única preocupación en un día normal era conseguir algo para comer y, si había suerte, también para beber y matar el mono. Tenía preferencia por una de las esquinas para dormir pero, si alguna vez la encontraba ocupada, cambiar de sitio no suponía ningún drama. Eran buenos tiempos, sí, incluso para un vagabundo. Recuerdo con cariño el caldo caliente que nos servían en los comedores, los ojos amables de los voluntarios que conseguían que, al menos por una noche, volviera a sentirme de nuevo como una persona de carne y hueso, las anécdotas de nuestras vidas antes de caer en la indigencia, las risas sinceras de bocas desdentadas y las lágrimas compartidas entre completos desconocidos. También el vino que, de tanto en cuanto, nos sacaban a escondidas y que hacía que esas noches las calles no fueran tan frías. Además, en Navidad las limosnas solían ser muy generosas.

Sin embargo ahora, cuando llegan estas fechas, la ciudad se llena de gente como si de un parque temático se tratara. Vienen desde todos los rincones del mundo, pues los he oído hablar en diferentes idiomas. No conmigo, por supuesto, sino entre ellos. Cuando pasan por mi lado es como si no existiera. A veces he llegado a plantearme si realmente estoy vivo o no soy más que un fantasma, pues sus miradas parecen atravesarme como si fuese invisible. Hay ruido por todas partes: canciones en bucle que suenan desde grande altavoces, comerciales que interrumpen la música para informar de lo que necesitas para ser feliz en estas fechas, el claxon de los coches que cada año tienen más prisa y la muchedumbre corriendo, gritando, riendo y celebrando que pueden estar allí para disfrutar del espectáculo. Cuando uno se acostumbra a dormir en la calle el ruido no supone un gran inconveniente, pero no soporto las luces. Resulta casi imposible encontrar una esquina que no esté invadida por miles de bombillas y, si lo consigues, lo normal es que ya esté ocupada. Cada vez hay más. Dicen que han duplicado el presupuesto del alumbrado, supongo que con el dinero que ya no gastan en la gente como yo. La ciudad se mantiene constantemente iluminada y a veces cuesta realmente distinguir la hora. Se ha vuelto más difícil dormir de noche que de día.

El pasado lunes estuve en un instituto hablando a los chavales y a las chavalas. Llevo varios años yendo a petición de Carmen, la profesora de Ética. Solía ser voluntaria en el comedor social hasta que cerró. A mí no me importa ir, incluso me gusta, sobre todo ahora que es tan difícil encontrar una oportunidad de que alguien me escuche. Normalmente les cuento la historia de cómo llegué a vivir en la calle. Les hablo de cómo me fui a la mierda por culpa de una serie de malas decisiones y de mi alcoholismo. Carmen cree que es una forma de ponerles los pies en el suelo, que mi historia les puede ayudar a entender que nadie está a salvo de caer, que deben valorar lo que tienen. Este año, sin embargo, mi malhumor, provocado principalmente por las luces de Navidad, me llevó a cambiar completamente de tema.

—¡Nos han quitado hasta el sueño! —comencé a decirles en tono enérgico—. Fue un drama que cerraran los comedores, pero nos sobrepusimos. También que prohibieran mendigar, claro, como si tuviéramos alternativa, y aún así aguantamos. —Notaba que tenía su atención, así que continué en la misma línea—. Las calles se han llenado de música repetitiva, están todo el día abarrotadas y no queda apenas espacio para nosotros. Al menos antes las noches solían ser tranquilas, pero ya ni siquiera tenemos eso, ¡las han llenado de luces! Y lo que es peor, ¡no las apagan nunca! ¡Es una tortura! Puede que muchos lo hayan olvidado, pero también somos personas. ¡Lo único que pedimos es que nos dejen dormir tranquilos! —Me detuve un poco para tomar aire, estaba realmente excitado y no me sentía capaz de parar. Miré hacia Carmen, pero ella no parecía preocupada por lo que estaba diciendo así que continué—. Os lo juro, odio esas malditas bombillas. Nada me gustaría más que romperlas todas de una vez.

De repente, la clase comenzó a aplaudir. Fue algo inesperado así que lo único que se me ocurrió hacer fue levantar el puño en un gesto de victoria y no decir nada más. Me había desahogado lo suficiente y no quería agotar la paciencia de Carmen. Si abusaba de mi suerte quizás no volvería el próximo año, así que emprendí mi vuelta a las calles.

Esta noche hace especialmente frío, y por si fuera poco, llevo una semana sin apenas dormir, justo desde el día en que se inauguró el alumbrado de Navidad. Además de poner más luces, cada año adelantan el día en que las encienden. Si siguen a este ritmo acabarán por ponerlas todo el año. No hay casi nadie en la calle, debe ser la hora de cenar. He tenido la suerte de beberme una botella de vino y tengo la esperanza de que me ayude a dormirme antes de que todos vuelvan a salir. Me acurruco en un banco un poco apartado, pero es imposible escapar de ellas. No entiendo por qué brillan tanto. Tapo mi cara con la manta, pero está demasiado vieja y no consigo el objetivo que me proponía. Tengo sueño. Estoy cansado, pero no consigo dormir, es como si tuviera esa luz metida en mi cabeza. Vuelvo a tirar de la manta. Nada. Me giro hacia otro sitio. Mismo resultado. Quiero más vino. Recojo la botella con la esperanza de que aún quede algo, pero es inútil, está completamente vacía. Escucho pasos de fondo. Abro un poco los ojos pero solo distingo sombras. Me inquieto, los cierro de nuevo y aprieto los párpados con fuerza. Tiro de la manta y me cubro por completo. Oigo sus voces. Su tono es alegre y agudo. Van en grupo, ¿serán duendes navideños? Podría ser por el vino, pero me gusta la idea. Se alejan. Seguro que tienen mucho trabajo esta noche. Cambio otra vez de postura y me destapo sin querer. Mi cara queda expuesta. Qué extraño, de repente la luz ya no me molesta, ni siquiera cuando abro los ojos de nuevo. Todo está oscuro. Me siento relajado por primera vez en todas las Navidades. Bendita borrachera.

Me despierto con las primeras luces del día. Me siento descansado, satisfecho, contento. Algo no termina de encajarme y no tardo en darme cuenta de que se respira calma. No hay ruido de música, gente o tráfico. Tampoco hay luces. Es como si la ciudad estuviera en pausa. Desgraciadamente, no dura mucho. Con el paso de las horas todo comienza a activarse de nuevo. La gente ocupa las calles y se agolpa en los escaparates, vuelven los altavoces con la música y los comerciales que prácticamente ya me he aprendido, los coches se empiezan acumular y estoy seguro de que las bombillas no tardarán en encenderse. Mucha gente en la calle habla de lo ocurrido la pasada noche. Por lo visto hubo un problema con la red eléctrica a causa de una rotura en el cableado. No hay muchos más datos. Algunos dicen que vieron a un grupo de adolescentes merodeando la zona, pero la policía no ha encontrado ninguna pista convincente.

—FIN—


Llega tres semanas tarde, pero ya que me había animado a crear el blog en diciembre, no se me ocurría una mejor manera de empezar que con un Cuento de Navidad. Es el primero que escribo, espero que guste.

martes, 4 de diciembre de 2018

3,2,1…¡Arrancamos!

¿Quién me iba a decir que en 2018 iba a crear un blog? No sé cuántos años llevo de retraso, así que mejor no lo pienso. ¿Y por qué ahora? Pues porque puedo, claro, pero más concretamente, porque quiero. Ha llegado la hora de abrir al mundo lo que tengo que contar. A partir de ahora, con la periodicidad que me permitan la vida y la inspiración, iré colgando los relatos que estoy escribiendo desde hace algún tiempo. Al menos principalmente, aunque quién sabe hacia dónde puede ir todo esto.

En definitiva, para quienes ya me conozcan y también para quienes no, este será el lugar donde intente poner en orden los cuentos que han estado y estarán en mi cabeza, o dicho de otra forma, las historias que no fueron ni serán...o tal vez sí.